domingo, 6 de marzo de 2016

La libertad es una sensación
Todas las especies, seres vivos o no, somos entidades que poseemos nuestra propia programación genética. La energía absoluta, se ha encargado de diseñarnos para satisfacer la necesidad de desarrollar nuestra existencia.
Si por alguna razón no llegásemos a dar cumplimiento a ese desarrollo, nos veríamos en la penosa tarea de declararnos frustrados en nuestra misión existencial.

Pero si cumplimos a cabalidad con ese mandato universal de desarrollo genético, brotará de manera espontanea la sensación de libertad.

martes, 9 de febrero de 2016

Los opuestos
Era difícil comprender el parte que ella le presentaba. Hablaba de la pasada tarde, en la inspección realizada al otro lado de la ciudad, al sitio llamado, “La gruta”. Manifiesta haber estado a punto de perder la vida, ella y catorce agentes más… No creía lo que leía. El informe decía haber sido capturados por grupos delincuenciales. Que eran tantos que aparecían y desparecían frente a ellos. Que una vez fueron capturados, además de llamar a la prensa para que reportara el acontecimiento,  les manifestaban ser los reyes del lugar, y que la policía no podía entrar puesto que  ese era su territorio, por ahora, nada más les cortarían el pelo con los dientes y las uñas, les quitarían los uniformes y serían puestos en la calle casi desnudos —acto que fue ejecutado  casi de inmediato—. ¿La sangre en sus hombros y espaldas?, era por las araños que les acertaron.
Nunca una patrulla de la Policía Urbana había sido capturada y sometida a semejante vejamen. El informe también indicaba, que los facinerosos, tuvieron piedad  con ellos y les advirtieron que la próxima vez, les harían perder la razón con shocks eléctricos directos al cerebro, como ya han hecho con otros agentes que conocíamos, y que ahora vagan por la ciudad  sin rumbo y sin sentido.
La tomó de las manos y le habló con voz segura:
 “Tú no has visto sus ojos inflamados de sangre cuando se apodera de ellos la sed de justicia, y tampoco has sido cegada por el color brillante de su equipo cuando de sorpresa se presentan a vengar la muerte de tanto policía muerto”.
¿De quién hablaba? ¿Qué es lo que trataba de decirle? ¿Qué tipo de seres podrían ser esos que le sangran los ojos ante la sed de justicia?
Ese día fue de mucho asombro para él. Por un segundo pensó: ¡qué demonios hago aquí!
Ocurrió hace tres noches, recorría la vieja alameda, de uno de los callejones aparecieron dos tipos armados con pistolas que querían sus  prendas.  Sin decir que era Agente de Inteligencia, se mostró obediente.
Cuando les entregaba el poco dinero que portaba, surgieron por los costados del pasaje… Estaban en los techos de los edificios y saltaron sobre ellos. Formaron un círculo a su alrededor y dijeron ser de la S.S.C. (Seguridad Secreta de la Ciudad), que estaban allí con el firme propósito de proteger a la gente de bien… Y de manera rápida, los desarmaron. Eran grandes, y de brazos, gruesos Una mujer se acercó, la veía a los ojos, pero ella, habló con voz suave y le decía que intentara no fijarse en sus rostros, que obraban de manera clandestina. Sintió seguridad y miedo a la vez…, cuando la vio correr y subir por una pared que dividía la otra casa. Lo hizo de manera ágil. Se agarró de una viga y en un solo salto estaba arriba. Desde allí cargó con los dos hombres, los tomaron de la camisa y los subieron. “Somos  de la SSC”, les dijo. “Esperamos otra escuadra y cubrimos la zona”. Los asaltantes que en un principio  se veían tan valentones y odiosos, ahora temblaban, pedían perdón y lloriqueaban. Decidieron dejarlos con vida, les dijeron que si los veían robando de nuevo, serían ajusticiados de inmediato. Bajaron de la pared de un salto y siguieron caminando por la calle. A los maleantes los dejaron colgados,  amarrados de pies y manos.
Cuando caminaba junto a la agente, lo invitó a que asistieran a un evento muy especial. Así se lo dijo. Que mañana se verían en el atrio de la iglesia y que de allí saldrían.
Viajaron por  la noche. Eran unos treinta  o más, invitados especiales, ciudadanos que de alguna manera habían sido víctimas del estado delincuencial que reinaba en la ciudad, familiares asesinados, robos, violaciones, secuestro.  Cuando llegaron al borde de un risco, en un kiosco mirador, observaron a unos hombres con trajes de seguridad radioactiva (los conocía por algunos instructivos que había recibido antes de graduarse en la academia) abrir la compuerta de un camión. Comenzaron a bajar, desnudos, los arriaban y agrupaban en el centro del corredor de la explanada de concreto. Como los tenían amarrados de pies y manos, y solo podían dar pequeños pasos, los empujaban para avanzar Con los ojos vendados, era imposible que escaparan.
Allí  un oficial con el rostro cubierto les explicó que eran asesinos y criminales, que los tenían capturados de hace tiempo, veinte y dos mujeres y ciento ocho hombres, eran ciento treinta en total. Les hablo del dinero que el estado se ahorraría al no tener a tanta gente en las cárceles y habló de otros temas que ya no puso atención. Fue entonces que apareció por debajo del camión, una pestilencia verdosa. Eran  gases que quemaban la piel. Se escuchaba a la lejos los gritos de dolor. En poco tiempo abrían llagas y provocaban que la víctima se ahogara en sus propios fluidos corporales. 
Cuando partieron solo miraban la nube que caía sobre la gruesa capa formada por los ciento treinta cadáveres… Nadie sobrevivió, nadie.
Estuvieron de regreso a la madrugada. Ahora sabía que la ciudad no sería la misma, o quizás nunca lo fue. Ahora solo estaban ellos y los Opuestos.







martes, 19 de enero de 2016

El secreto detrás de la puerta

Edgardo Benítez

Espiar por la rendija de las puertas ha sido una penosa afición con la que he convivido toda mi vida. Permanecer quieto frente a ellas, admirarlas y, con especial cuidado aplicarles una ganzúa para dislocar sus entrañas, hasta conseguir traspasar el umbral deseado. Doblegarme ante la necedad de cultivar esta morbosa sensación, que crece y se alimenta, me hace profesarme poderoso de una manera muy peculiar.
Debo decirte, padre, que de esta curiosa emoción que me produce indagar lo fortuito, lo desconocido, y que hasta ahora ha sido mi secreto, han emanado incontables agravios, pero, también, alguno que otro agrado. Inolvidables momentos los que vivía a mis doce años, cuando conseguía, a través de la rendija de la puerta del patio, descubrir los secretos de Dorita, que mostraba sus partes. Permanecía en silencio esperando el minuto exacto para que ella, con exquisitez absoluta, se quitara la ropa y caminara desnuda por la habitación, para luego meterse en su cama como ovejita y dormir plácidamente.
Era envidia o celos, no lo sé, lo que avivaba fastidio a mis ocho años, cuando veía a Martita darse un beso con Raúl; recuerdo que pactaban sus encuentros bajo la cama mientras jugábamos a las escondidillas; puesto yo detrás de la puerta, observaba la manera prohibida que disfrutaban de su tierno amorío.
Es que esta, la que considero una simple indiscreción de mi parte, es hasta cierto punto graciosa; mi pretensión nunca ha sido la de entrar a las casas para robar, ni mucho menos abusar de sus inquilinas, no, al contrario, he colaborado con ellas sin que se percataran, hubo vez que reparé el grifo de más de alguna, ya que parte del juego es dejar rastros más que evidentes para que cuando estén de regreso sepan de mi presencia. He de admitirlo, padre, busco apartamentos de mujeres que viven solas, y con preferencia de alguna edad… Digamos una edad ligeramente avanzada, ¿lo entiendes?
Cierto es que una vez dentro me apasiona registrar gavetas y otros muebles, eso es hermosísimo. Tirar por los suelos una librera con sus libros, luego de echarles una ojeada, ya que como tú sabes, padre, admiro sus finos estampados y me encanta leerlos, percibir ese característico olor a “libro viejo”, olor que remueve mi tripa con satisfacción; del mismo modo, llegar hasta la alcoba y desarreglarla, abrir clóset y anaqueles para desordenar vestidos, blusas, y al mismo tiempo oler su ropa interior, sus zapatos, hurgar y oler dentro de sus carteras de piel curtida por el uso, para después recostarme en sus inviolables camas y, a la postre, husmear en su refrigerador, beber y comer de su contenido, mientras creo algún caos en la cocina. Luego, sentarme en los sillones a ver algún programa, acompañado de una taza de café; en fin, padre, provocar mil modos de hacer notar a su dulce habitante que alguien allanó su intimidad.
Como has de imaginar, estas incursiones mías me han provocado profundos estados de desasosiego y furor. Ha sido una de las consecuencias que he tenido que pagar por cultivar esa afición casi lujuriosa por cruzar el umbral prohibido de una puerta, para después, con plena satisfacción, poder hurgar sus escondrijos. Es que sustentar este temor a ser descubierto también es delirante, es como dar un paseo por tierra impropia, un asalto a la impertinente desfachatez del mundo privado. Claro que estos actos me han colmado de sensaciones difíciles de explicar a otros y que, por ser solo mías, me vanaglorio de manera excelsa por poseerlas; sin embargo no puedo negarlo, padre, por períodos tiendo a admitir vergüenza por mi secreta pasión.
Debes saber que es una práctica con la que he convivido todos estos años y que he tratado que desaparezca de mi vida en varias ocasiones, pero, en cuanto creo haberme liberado de ella, de repente y como si se comportara como una manada de leones al momento de capturar a su presa, me sale al paso con la compañía de todos mis miedos. Mis miedos, que se revelan y emergen de sus viejas cavernas como seres de ultratumba, y se lanzan contra mí con una fuerza feroz, monstruosa; se unen al festín como buitres o hienas. Entre todos me arrastran y me despedazan, padre.
Este apartamento en el que resides es en realidad hermoso; las luces tenues, incrustadas en las paredes de colores sombríos, lo hacen bastante acogedor; además, me embruja esta alcoba con sus cortinas color marrón que hacen juego con el edredón de tu cama. ¿Sabes que encuentro cierta similitud con nuestra casa de la isla?, aunque me pregunto: ¿qué hace un viejo lobo de mar, indómito como lo eres tú, en esta otra isla, tan olvidada como la nuestra?, ¿o es que te ocultas de alguien o algo, padre?
Deseo confiarte un secreto: desde hace un buen tiempo llevo allanando tu cuarto sin que tú lo sepas; meses vigilando y esperando la hora adecuada para ingresar y encontrarte dentro. Vaya susto el que te he dado, padre, porque después de todo, tú no me has invitado a pasar, ¿verdad? Soy yo, el que te ha buscado por años y que ahora te encuentra, el que se te aparece para platicar contigo. A decir verdad, padre, estoy más que seguro de que luego de esta visita habrán desaparecido mis manías.
Así que, en el fondo, todo esto que te he contado no interesa, ya que nada más he venido hasta acá para narrarte los últimos minutos que conviví con madre; estoy seguro de que deseas que te los detalle, ¿no es cierto, padre?
Tremenda ironía: mi existencia se ha desarrollado entre puertas y cerraduras. Bien recuerdo ese día. Aún no amanecía cuando tú llegaste hasta mi habitación para darme un beso y desearme felicidades. Abandonabas el hogar para nunca más volver. Era mi cumpleaños número seis, ¿te acuerdas, padre?
Por las mañanas, la perilla de la ducha emitía un chillido particular. Era la clara señal de que madre se encontraba ya en pie. Despertaba temprano, para atender las múltiples ocupaciones propias del hogar.
Aquella mañana, luego de que tú te fuiste, no escuché ese chillido. El silencio me llenó de extraños pensamientos, padre. Con la duda en mi cabeza, me tiré de la cama y caminé hacia su cuarto. Recuerdo el pasadizo entre las habitaciones, lo percibí tan largo y solitario que me pareció eterno, recuerdo mi angustia, no puedo olvidar mi angustia; yo solo deseaba saber a cualquier precio qué ocurría. Temeroso, disminuí el paso y caminé lentamente, pegado a la pared: los cuadros colocados en cada una de las habitaciones con sus ventanas abiertas me parecían extraños, quizás era la primera vez que me fijaba en ellos. Al llegar a la puerta de su habitación, la habitación que tú abandonaste, padre, me tropecé con la sorpresa de que se encontraba bajo llave. Tú la dejaste así, nunca podré saber el porqué. Espié por el ojo de la cerradura y alcancé a distinguirla quieta, muy quietecita, como si aún durmiera. Recuerdo haber llorado amargamente, pues madre no atendía a mis gritos. Intenté abrir pero me fue imposible. Después de un buen tiempo, no sé cuánto, coloqué una grada y subí para alcanzar las llaves que se encontraban colgadas de un clavo en la pared. Abrí y salté sobre su cama, “¡madre, madre!”, recuerdo que le decía, al tiempo que tomaba su mano y acariciaba su cabello. Me extrañaba que sus ojos permanecieran abiertos y no me vieran, que de sus labios no saliese palabra alguna y que su cuerpo se mantuviera inmóvil. Cómo lloraba, recuerdo que lloraba, padre.
Cuando un policía llegó y abrió abruptamente, yo estaba recogido en un rincón de la cama y lloraba. ¿Me preguntas por madre?, pues ella ya tenía un aspecto diferente. Sí, siempre inmóvil.
Madre murió sin despedirse de nadie. Qué dolor se siente en el pecho. No hay trauma más grande para un niño de seis años que la muerte de su madre. Más todavía cuando se pasan seis días al lado de una muerta, padre. Pero yo no quería separarme de ella, porque si lo hacía me iba a quedar solo, totalmente solo, sin padre y sin madre, y eso me daba mucho miedo. Prefería las nubes de moscas encima, ver su lengua afuera, aun tan fea como estaba seguía siendo madre y madre me defendería siempre y yo no tendría miedo de estar solo.
Padre, el puñal que he colocado cariñosamente en tu cuello se ha desprendido. Claro, después de seis días de muerto… Y este olor nauseabundo que desprendes, padre, tan pútrido como tu carne, como tus vísceras, como el color amarillo de tus ojos abiertos, tu lengua de fuera y las nubes de moscas encima, sigue siendo iguales a los de madre. Sí, ahora sabes cómo lucía ella.

_________________Edgardo Benítez


viernes, 8 de enero de 2016


Postores
Se olvidaron los afectos y se frunció el ceño. Mordieron la inocente manzana tal fruta perversa, inocentes como candelabro en la noche de su vela. Imposible es no renegar del instante, cuando encuentras cómplices, amigos, en pie de muerte.
Sollozaban, languidecían tan niños en cuna, a modo del encanto de ruiseñor.
Perfectos imbéciles.
Era la tarde en el bosque y los puños no se detenían, tal mariposas volaban, se mandaban a la mierda el pellejo y los ornamentos, y se allegaban las lágrimas, los llantos, las ofensas...
¿Quién dijo odio? o temor, o miedo a dañar al otro árbol caído.
Es tiempo baldío y necesario a la vez. Encuentro de dos que un día hundieron sus copas en risas amables, y ahora, los arrastra el soplo del resentimiento, del celo. 
¿Quién se quedará con ella?, ¿el mejor postor?, ¿el que calza más vaina del machete?, ¿el que ensilla mejor su garañón y hace su mejor giro completo? ¿Quién se quedará con ella?, les pregunto, si ambos son igual de atolondrados. Son los mejores postores de la navaja, cuchilleros empedernidos, los grandes dueños de la botella de guaro puro. ¿Quién se quedara con ella?, les pregunto de nuevo, ¿el que le ofrezca más rasguños en las paredes de la celda? ¿El que escriba más cruces en las entradas del panteón? 
¡Imbéciles!
Permítanle a ella que decida y diga, a cuál de los dos le extenderá el brazo para caminar por la ciudad, para quién soltará su cabello cada noche antes de acostarse y a quién le dará sus labios en noches de pasión y lluvia.
Vaya postores. Desgraciados, tontos, como la muerte viva. 
Completos ingenuos. Ahora permitan que ella les diga toda la verdad…, y así venga con libertad a recogerse entre mis brazos y puedan matarse en paz, los dos.
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Edgardo Benitez

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sábado, 26 de diciembre de 2015


De Manuel
… acostumbrado a las faenas de la pesca, a pasar horas sentado en una roca frente al mar, a Manuel le fue extraña la figura femenina que emergía caminando despacio de entre las olas. Su cabello largo era removido por la fuerza del agua y el color verde de su piel lo puso en alerta. Se asustó cuando la vio caminar hacia él y alcanzó a ver sus ojos color rojo.
Y él que hasta entonces se encontraba sentado sobre la roca, se incorporó de inmediato y corrió a informar al pueblo. Era por demás. Había visto de  todos colores de ojo y de piel, pero… ¡rojo y verde!, si que era para afligirse.
Al ver que corría, ella se volvió a las olas caminando despacio. Lo veía alejarse. Quizás hubo decepción, y continuó adentrándose hasta que se perdió entre las olas.
¿Entiendes ahora por qué razón le dicen “El Loco” a Manuel?




domingo, 16 de agosto de 2015

La cita

La cita
Algo no estaba bien, se respiraba en el ambiente. Miró su reloj, apenas pasaban unos minutos de la medianoche. Aunque sabía que nadie habitaba la casa, acababa de escuchar el sonido de pies descalzos que corrían, pero de inmediato pensó que solo era una broma de alguno de sus amigos. Miró hacia un costado y pudo ver una sombra que cruzaba el pasillo para luego desvanecerse ante sus ojos, no dudó en ir a cerciorarse de lo ocurrido. Avanzó prendiendo las luces. Un fuerte presentimiento aceleró sus latidos y erizó su piel. La temperatura en el ambiente había subido a tal grado que empezaba a sudar a chorros, y el profundo olor a azufre lo tenía confundido, olor que conocía por las visitas que hizo al volcán la semana pasada para presenciar las últimas fumarolas. Salió al jardín para averiguar de un posible incendio pero todo estaba en orden, incluso revisó el coche y las cuadrimotos que se encontraban parqueadas en el garaje especial para ellas.
El fuerte calor lo llevó hasta el sótano de la casa donde se hospedaba el vigilante de turno, casa que estaba ubicada frente al pórtico, una casucha casi destruida que se notaba no había sido usada en los últimos tiempos. Era necesario averiguar. El calor era tan fuerte que tuvo que mojarse la ropa para entrar. Cruzó la pequeña habitación hasta llegar a la puerta del sótano que se abrió con suma facilidad, el profundo olor a azufre lo puso en que pensar, bajó con cuidado la escalinata hasta llegar a un agujero profundo de unos dos metros de diámetro y del cual salían llamas seguidas de gritos acongojados y risas. Del agujero saltaban unas manos que lo llamaban con insistencia y lo invitaban a entrar. Por su cuerpo corría el deseo de conocer, de quedarse, de averiguar de las voces que lograba distinguir del movimiento desenfrenado de los cuerpos desnudos de mujeres y hombres que intentaban agarrarlo.
Había llegado la hora de tomar una decisión, si quedarse y entrar, o marcharse de inmediato…






domingo, 8 de febrero de 2015

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Las nubes negras aún no abandonan el horizonte y no desean marchar. Qué bueno que la felicidad no depende de nubarrones oscuros o amaneceres soleados con campos verdes de agradable frescor.
Triste destino el que le espera a la capacidad filosófica y pensante de la humanidad, dádiva divina, tan admirable y tan poco ponderada. Capaz de sonreír ante la fuerte tormenta que cae o ante el deslumbrante y recalcitrante sol del medio día.
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Las nubes negras aún no abandonan nuestro horizonte y por ninguna razón desean marchar.
De "Luciérnagas en el día"
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sábado, 31 de enero de 2015

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hoy he llorado mis manos
las he visto sangrar ante tus ojos
las he visto romper en luz ante la línea fina de tu cuerpo
quién iba a pensar que
han abandonado este mundo para lucir sus espinas
tuve que cortar los ranchos de paja para
percibir poco a poco el grito auténtico de tu piel

piel que envuelve tu pasado
tu desnudar del alma y de la vestimenta atrevida y osada
ahora siénte
percibe mis neuronas
ávidas de tenerte junto a mí
ávidas de gritar
con fuerza desbordante

desde afuera del instante mismo
vengo
apaciguado
solemne

acarreando tu palabra para hacer mi nido frente al tuyo
a encontrarme con el silencio vacío
a encontrarme con que tú
eres lágrima también

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domingo, 11 de enero de 2015

   Carta encontrada en una banca del parque Central de la ciudad de Santa Ana, El Salvador.
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Carta dirigida a «El Principito», mi amigo.


Dentro de la vorágine de ansiedad y dolor producido por vivir acá en la Tierra, heme aquí sentado, contemplando el cielo, con la esperanza de ver que asomes con luces de colores entre las brillantes estrellas. Desde el día que te marchaste, vivo recordando tus palabras, tu inocencia, tu humildad y tu sensatez.
¡Principito!, aunque la presencia de tu ausencia es grande, te ruego: ¡Por favor, no vuelvas a la Tierra! Acá corres peligro, otros humanos querrán hacer de ti un esclavo más. Tú sabes que en la Tierra vivimos con el sol de frente y la muerte a nuestras espaldas, sin morir. Viviré agradecido contigo por mostrarnos el camino de la vida, y para que nunca olvide que siempre seré niño.



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sábado, 27 de diciembre de 2014

Mundos paralelos
Los seres humanos llevamos un mundo paralelo con nuestras hermanas las moscas y aunque sabemos bien aquella linda expresión que reza: «En boca cerrada no entran moscas», siempre o casi siempre continuamos en nuestra necia tarea de ser impertinentes y hablamos más de lo que no debemos.
El mundo de nuestras hermanas las moscas se asemeja al nuestro en muchos otros y diversos aspectos. Acá les mencionaré algunos detalles que he encontrado, ustedes pensaran y nos contaran de otros.
Ambos pensamos que somos los seres más limpios de la creación, imposible convencernos que somos lo que ingerimos, y aunque sabemos que somos especie que no morimos sino que nos suicidamos, continuamos en la necedad de alimentarnos como lo hacemos.
También sabemos que ambos podemos ser devastados con insecticidas y no dejamos de estar cerca de ellos y todo por alimentamos de inmundicias.
Al igual que nuestras hermanas las moscas, nos es inevitable aplacar el deseo neurótico de reproducirnos de manera aritmética y geométrica, y aunque formamos comunidades y edificamos grandes urbes, no nos interesa morir como ellas, aplastados como moscas.

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